Bajo Tierra. Capítulo 1. Outsider
''El término Outsider identifica algo en la periferia de las normas sociales, alguien que vive aparte de la sociedad común o alguien que observa un grupo desde fuera''
Te contaré, lector, cómo es que he llegado hasta aquí. He recorrido un largo camino, en soledad, soy lo que ,en el folclore popular, se denomina un fantasma. La diferencia es que yo no he muerto. Yo camino por la calle y nadie me ve. Consulto la hora, encuentro monedas. Sueño cosas, a veces, y pasan después cosas parecidas a lo que había soñado. No tengo a donde ir, ni me quedo mucho tiempo en un mismo sitio, dado de alta, sigo. Sigo caminando, y me pregunto hasta donde llegaré, confuso. Me caigo, me paro y vuelvo a toser. Desaparezco, atravieso murales llenos de caras, manos, letras, detrás. Sigo caminando, hasta poder encontrar una rudimentaria cabaña en medio de una planicie. El camino fue largo, comenzó detrás de la población, caminando como un espectro indumentaria. No fue difícil entender hacia donde debía ir, solo seguí el camino que formaba el ripio, entre las últimas parcelaciones, la ciudad periférica. Pasando los fundos, los pueblos, más allá de la línea del tren. Atravesé el túnel llegando a zonas rurales extremas.
Yo era de esos que paseaban, mirando la ciudad, escuchando música. Vitrineaba libros. Y nací un día miércoles en la tarde. Pero acabé solo, y está bien. Entiéndase la incomprensión de la sociedad. Y el atravesar callejones amurallados, llenos de signos. Mensajes ocultos en la pared. Contaba monedas y compraba cosas. Ordenaba mi inventario. Recuerdo una vez, me siguieron unos perros, y caminamos juntos. Llegamos a un bosque, detrás de unos barrios y nuestro camino se vio interrumpido por una muralla, un dibujo de Kurapika con sus ojos escarlata, contemplamos la obra de arte, yo prendí un cigarro. Salté la muralla, pero los perros se pusieron a ladrar e hicieron un hoyo. Felices por el reencuentro. Bajamos para el centro, pero a esa hora ya no había nadie, solo otros perros con los que se pusieron a pelear. Los perdí de vista, y seguí hasta bajar al río. Ahí las estrellas no se veían, porque la ciudad estaba demasiado iluminada. Aún así tenía su encanto, el reflejo de las luces en el agua, y la luna borrosa detrás de esa llovizna.
Me fui porque me sentía solo entre medio de tanta gente. Llámame el caminante, o el afuerino. El que cansado va, muevo mis manos, por lo general, hablando solo. Caminando. Moviendo las manos como diciendo algo. Yo se que algunos, después del tiempo, se darían cuenta que falta mi presencia. Y que nadie me buscará. Por eso no me molesto en dejarles una carta de despedida, o algo para que se sientan culpables. Yo no soy así, simplemente un día desaparecí, como varios otros fantasmas. No dejé rastro, no hice nada extraño, nadie lo notó, porque yo me muevo paso a paso, no me apuro, no me retraso, subo como el humo, y bajo despacio. Soy el hijo natural, el maldito bastardo. Soy de esos que van rimando. Atravesé la muralla para seguir caminando. Y me fui por el camino hasta alejarme del ruido. En el final y en silencio un auto se detuvo. Mi señal de ayuda la soledad contuvo. Humanos errantes, intrusos del camino. La noche calló. Viento y carretera. A 100 kilómetros por hora. Atravesando cerros y campos inexplorados. Música y cigarros. Desaparecí acompañado como una luz que se aleja.
Bajo Tierra.
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Nókez Purgado
Capítulo 1. Outsider